Peregrinaje saturnino a los hornos

Al mudarse al nuevo piso comenzó a observar un extraño acontecimiento que se repetía todos los sábados sin falta, y que no había tenido ocasión de contemplar en el antiguo barrio. Entre las diez y las doce se veían mujeronas yendo cuesta arriba, camino de la panadería más cercana, portando objetos en posición horizontal con sumo cuidado, la mayor parte de las ocasiones envueltos con un trapo estampado con cuadritos rojos y blancos. Era tal su concentración en la tarea, que apenas se detenían a cotorrear con sus conocidas, como tenían por costumbre habitual.

Ya en la panadería, descubrían el objeto: una bandeja con comida sin cocer, y lo confiaban a la dependiente, que cobraba una módica cantidad por el privilegio de hornear los contenidos de la bandeja en el horno panadero. Salían de la panadería y bajaban, ahora más parsimoniosas y con afán de entretenerse, encontrando una razón para hacerlo casi en cada esquina. ¡Había que hacer tiempo hasta la hora de recoger la bandeja!

Horas después, se repetía el viaje a la panadería. Llevaban el pañuelo de cuadritos con ellas, para cubrir de nuevo lo horneado. Pero aunque evitara que cayera cualquier cosa sobre la comida, no podía detener la olor que desprendía y que llenaba las calles, convirtiéndolas en un infusorio gigante de tomates asados. Las mujeronas bajaban ahora raudas y veloces, dejando aquel reguero de panceta, morcilla y tomates tras de sí, con la urgencia que da llevar entre manos una bandeja sacada de un horno.