Los inquilinos

En el piso de al lado vivían los encargados del bar de la calle. Estaba un poco de capa caída desde que cerraron el colegio; los cristales oscuros y las tupidas cortinas no eran precisamente incitadores para los paseantes ocasionales, y tampoco es que la calle contara con demasiada gente nueva. Los habituales preferían lugares más luminosos o al menos más concurridos, donde pudieran ver y ser vistos. Pero por alguna razón misteriosa, estos nuevos encargados consiguieron revitalizar el bar. Incluso se las arreglaron para obtener una licencia de terraza. La calle nunca se había visto tan animada: parecía un pueblo de nuevo. Era una maravilla. Por las noches, en verano, precioso. Se sentía la calle viva, henchida de gente.

En el bar trabajaba toda la familia, excepto los dos hijos más pequeños. Las dos hijas mayores eran parecidas, pero muy diferentes. Siempre volvían a casa vestidas con el uniforme de camarera --pantalón negro, camisa blanca-- y el pelo, pelirrojo, recogido en una coleta. La más mayor, pecosa, era mucho más agradable que la pequeña. Su padre, un hombre calvo y con barriga, saludaba expansivamente cada vez que se cruzaba con algún vecino en la escalera; probablemente la hija había heredado de él la simpatía. O de la madre, una persona majísima también. Llevaba el pelo rubio --teñido--, gafas, y era vivaracha. Como un saco de gatos.

Tenían una pecera en la entrada. Cada vez que abrían la puerta, los peces se pegaban al cristal, como saludando al recién llegado. Eran rojos coral y también (¿o por supuesto?) vivarachos, como la dueña. Un día en que se abrió la puerta coincidimos; los peces se amontonaron contra el cristal y por alguna razón nos pusimos a hablar de vinos. Era un día entre semana, mediodía luminoso. El barniz de la baranda brillaba en los bordes, reflejando la luz que venía del techo. Le hablé de los vinos que teníamos en la tienda: habíamos empezado a trabajar con un distribuidor que traía vinos de una cooperativa pequeña pero capaz de producir unos tintos deliciosos. Y unos rosados, y blancos también. Le convencí y accedió a comprar un par de cajas para probar. Al poco, contactó directamente al viajante de la cooperativa para contratar con él el suministro para el bar. Nosotros nos llevamos una comisión. Limpiamente, como a mí me gusta hacer negocios.

Antes de los del bar, el piso estuvo vacío mucho tiempo. La dueña nos dejó las llaves una vez, para que viéramos unos desfiles desde el balcón. Como nuestro piso no daba a la calle y mi mujer, que estaba delicada, no podía bajar las escaleras... Vimos que estaba aún el armario que se dejó Rosita cuando se cambió al piso de la plaza, porque allí tenían armarios empotrados y no había sitio para éste. Creo que Rosita es la mejor vecina que hemos tenido: discreta, educada y simpática. Una verdadera señora. Nunca la oímos levantar la voz, ni a ella, ni a su marido, ni a sus hijos. Claro que lo complicado era escucharlos, sobre todo al marido. Te lo cruzabas en la escalera, y si llegabas a oír su Buenos días entre dientes, te podías dar por afortunado.

El año antes de llegar los del bar, se habían marchado los de arriba, los del cuarto. Eran lo que hoy en día se llamaría una familia disfuncional. Nosotros los considerábamos unos pobres desgraciados; no en sentido despectivo --no se me vaya a entender mal--, sino en el sentido literal. Parecía que la desgracia disfrutara enzarzándose con ellos. Pobres. Eran un matrimonio, dos hijos, y el hermano de la mujer. El hermano al principio vivía solo, pero cuando comenzó a hacer cosas raras la hermana lo convenció para que fuera a vivir con ellos; así podría echarle un ojo más fácilmente. Pero aquello fue de mal en peor. Las cosas raras se convirtieron en una demencia galopante que lo hacía subir las escaleras --los cuatro pisos-- dando bramidos y golpeando las balaustradas con la revista que llevaba tras la espalda, enrollada en forma de testigo. ¡Plam, plam, plam! Oías los golpes y sabías qué estaba ocurriendo, sin verlo. Creo que también estaba quedándose sordo: podíamos oír su televisión desde la otra punta de la casa. Al poco, o al mismo tiempo quizá, uno de los hijos comenzó a enfermar. No sabían bien-bien qué tenía. Estaba sano y de repente, una debilidad, unos malestares... Cáncer. No tardó en fallecer.

La madre, que nunca había andado muy bien de la circulación, empeoró también. Se le hinchaban las piernas, las rodillas. Los tobillos, como dos balones. Primero caminaba con un bastón, luego dos muletas. Finalmente decidieron mudarse a otro sitio: una casa con planta baja y escalones pequeños. La vi un día. Tenía una fachada bonita, y el balcón lleno de plantas de todo tipo. Poco después de trasladarse allí, la mujer falleció también. Se quedaron los tres hombres; no sé qué pasó con el otro hijo o con el padre, pero sólo vi al hermano, caminando por la calle con la revista enrollada a la espalda, bramando de cuando en cuando.

Entonces hubo una época en que estábamos casi solos en la finca. Aparte del quinto, en el que vivía la profesora, el resto estaba vacío. La cosa sólo cambiaba un poco en fiestas, cuando venían los dueños y los dos primeros pisos se llenaban de familiares y amigos suyos. Todos querían estar en los pisos; como tenían balcón a la calle... Pero pasada la semana grande, la escalera quedaba en silencio otra vez. Excepto un año, en que la hija de la dueña, que estaba separada, se arrejuntó con uno, y se puso a vivir en el segundo --en el piso de la abuela-- con sus dos hijos. Pero la cosa no prosperó demasiado: no duró hasta las siguientes fiestas. No sé qué tiene esa familia, que siempre les salían los hombres rana.

Creo que fue al año o así cuando montaron una academia de repaso en el piso de al lado. Era un poco irónico, porque al principio de todo vivía ahí un notario, que para sacarse unos cuartos daba también clases de repaso por las tardes, cuando acababa con el trabajo de la notaría. ¡Menuda familia! Él, alto, delgado, chupado, con un bigote abundante; el pelo, moreno, siempre engominado, bien pegado a la cabeza. Ella, bajita, gorda, con los coloretes siempre pintados --parecía una pepona--. Era de las de ir a misa todos los días, pero es que encima se trajo sus costumbres misales con ella. Venían de La Mancha, de un pueblecito perdido donde aún se estilaba llevarse uno mismo los reclinatorios a la iglesia. Si la hubieras visto el domingo que fueron a misa, con la criada delante, llevando --arrastrando-- los dos reclinatorios como podía, la cabeza gacha, y ellos dos detrás, más rígidos que un espantapájaros, orgullosos y recreídos... Después de la misa el señor cura tuvo unas palabras con ellos, y ya no volvieron a llevar los reclinatorios. Pero seguían yendo a la misa con el mismo porte. Hazte cargo, que era la familia del Señor Notario. Y eso entonces...

La verdad es que la academia no fue muy bien: no pasó de un curso. Y era una pena, porque habían hecho obra en las habitaciones para adaptarlas como aulas, y habían puesto una plaquita en la puerta --en la entrada del edificio-- y todo. Pero así son los negocios, nunca sabes cómo se van a presentar las circunstancias. La emisora de radio que pusieron en el primer piso sí que duró, y la verdad es que me sorprendió bastante, primero que alquilaran el piso los dueños, y luego que fuera para poner una emisora. Era lo último que se me habría ocurrido que fueran a poner.

Pero las sorpresas no acabaron ahí. Al instalarse, convencieron a los dueños de la finca para que pintaran la escalera. Yo no sé desde cuándo no se había pintado aquello, ni si era oscura de por sí o por el paso de los años. Ni me acuerdo; ¡hace tantos años que vivimos aquí...! Estaba pintada en un color marrón verdoso, muy sufrido --eso sí-- pero también oscurísimo: se comía toda la luz de los farolitos, incluso si les quitábamos la tapa para que saliera más luz por arriba. Y eso que yo era capaz de subir a oscuras, hasta cuando se iba la luz en toda la calle subía sin dificultades, sin usar ni un misto ni nada. ¡Con los ojos cerrados, subía! Bueno, pues pintaron la escalera de blanco, cambiaron los timbres de la entrada, y pusieron un portero automático, porque en la emisora entraba y salía tanta gente que no debían dar abasto asomándose cada vez a la ventana para ver quién llamaba al timbre. Al poner el portero automático, quitaron la cuerda que usábamos hasta entonces para abrir la puerta. ¡La escalera se veía tan vacía ahora, tan espaciosa!

A los pocos meses entró una familia a vivir en el piso de al lado. Venían de la capital; el marido había sido conductor de autobús pero ahora había empezado a trabajar como conductor de camión. Decía que le salía más a cuenta, que estaba mejor pagado. La mujer se dedicaba a sus labores. Tenían dos hijos. No teníamos mucho contacto con ellos porque iban muy a la suya. Casi que teníamos más trato con la profesora del quinto, que con ellos. Y eso que apenas la veíamos.

El último piso --el quinto-- era un poco raro. Estaba retrasado respecto a la calle, para no incumplir las ordenanzas, y tampoco llegaba hasta el final de la fachada trasera como los que daban al río, como el nuestro. Así que todas sus habitaciones daban al patio de luces, pero no tenía terraza detrás, sólo una, muy grande, delante. Era muy tranquilo, pero al estar en un quinto, sin ascensor, era difícil de alquilar, especialmente cuando empezaron a construir edificios más modernos con ascensor y la gente empezó a marcharse de esta calle. También vivió hace mucho, una mujer que le decíamos "La catalana", con sus marido y sus hijas, y un perrazo enorme sobre el cual se subían los niños pequeños, como si fuera un caballo, pero se marcharon cuando trasladaron al marido, que trabajaba en un banco. Abajo, en el cuarto, estuvo también "La murciana", en el piso del cuñado de los dueños de la finca, pero después de que se marchara no lo alquiló a nadie más, hasta que vino el hijo de Rosita y se instaló allí al emanciparse, justo arriba de donde habían vivido hacía años. Ahí se vió que no había heredado la elegancia y la buena educación de su madre: cuando aún no tenía la luz dada de alta pero necesitaba electricidad, nos preguntó si podía tirar unos cables por el patio de luces hasta nuestro piso, para poder ir adelantando las reformas. ¿Y tú lo has visto darnos las gracias? Porque yo aún estoy esperando. Dos semanas se pasó con la luz encendida a nuestra costa y ni una mala bandeja de pasteles nos trajo en agradecimiento.

Y es que vecinas como Rosita, pocas te encontrarás en esta vida.