Sopas, pulseras y collares

¡Y ahora, a por la sopa!

Destapó la olla a presión. Una olla, por cierto, inusual. Mientras la mayoría de ollas a presión eran más altas que anchas, ésta seguía un estilo completamente distinto: desproporcionadamente bajita y achatada, de un metal mate con tintes azulados. Las asas --una a cada lado, también en contraste con las otras ollas a presión-- eran anchas, robustas, de color negro.

Del recipiente salió un fuerte y delicioso olor. Como si todo el contenido hubiera sido finamente triturado y ahora, propulsado por el vapor, saliera huyendo hacia otros derroteros. Pero nada había sido reducido a partículas, más bien al contrario: gruesos trozos de carne de ternera, en el centro, se veían rodeados de una abundante profusión de verduras y otros tipos de carne: pollo y pelotas de cerdo, con sus piñones y su perejil a veces visibles. Algunos huesos se adivinaban entre la masa informe de ingredientes, casi sepultados por los garbanzos y los trozos de zanahoria, de un brillante color naranja. El resto, un líquido rico y algo turbio, cargado con todo lo que había podido arrebatar a aquellas inocentes víctimas que esperaban ser irremediablemente devoradas de un momento a otro.

Con un cucharón, virtió caldo en un cazo que tenía cerca. Esmaltado, de color rojo por fuera, blanco por dentro, con un señor desconchón en la parte de fuera, que delataba inequívocamente el hierro del que estaba hecho. Lo tapó con una tapa de otro cazo y material. ¡Quién sabe si el otro cazo se usaba con la tapa del rojo!

En la despensa, a la izquierda, habían varias jarras de cerámica, con diversas leyendas pintadas sobre ellas, en artesanales letras mayúsculas:

ARROZ, LEGUMBRES, HARINA, AZÚCAR, SAL

El tamaño delataba, sin lugar a dudas, que estaban pensadas para los tiempos en que las familias eran de seis y de más personas. Abrió la etiquetada con ARROZ, levantando la tapa --también de cerámica, y también con una muesca-- y extrajo un paquete de arroz. Cabían cuatro o cinco paquetes de kilo en aquella jarra, sin exagerar. Quizá más. De repente, le vino una idea a la cabeza:

-- ¿Prefieres arroz o fideos?

Sin dar tiempo a contestar, puso la tapa de nuevo en su sitio, dejó el paquete de arroz sobre la repisa que aguantaba las jarras, y destapó otra, la que rezaba SAL. Pero no era ése su contenido:

-- Aunque también hay letras, estrellitas, lluvia, caracolitas... --dijo, volviéndose hacia ella, mientras iba sacando paquetes de la jarra-- O macarrones, aunque la verdad es que no van bien con este caldo...

-- ¡Letras! ¿Tienen números también?

-- Los tienen, los tienen. ¡Sólo les faltan los signos de puntuación!

Virtió varios puñados de la pasta en el cazo, cuyo contenido comenzaba a borbotear, y bajó el fuego. Inspiró profundamente, admirando los efluvios que emanaban del cazo y la olla, y se giró con cara de satisfacción, apoyando una mano sobre el banco de la cocina.

-- ¡Hum! Ahora que me acuerdo; no hemos hecho collares ni pulseras aún.

-- ¿Eh?

-- Claro, ahora verás.

Se volvió a meter en la despensa, y salió con dos paquetes de pasta en la mano: uno de macarrones y otro de estrellitas. Los dejó sobre la mesa de la cocina, junto al frutero, y se fue por el pasillo. Al momento volvió con un carrete de hilo blanco, el de hilvanar. Con un tirón, cortó un trozo de hilo de unos treinta centímetros. Virtió unos cuantos macarrones sobre la mesa, con cuidado de que no cayera ninguno al suelo, y comenzó a ensartar macarrones en el hilo, para sorpresa general. Cuando hubo acabado, ató los dos extremos, y sin dar tiempo a preguntas, le colocó el collar a la niña, sentada en la silla al lado de la despensa.

-- ¡Hala! Nunca hubiera pensado que...
-- ¿Qué? ¿Qué te parece?

-- ¡Me encanta! ¿Me lo puedo llevar al colegio?

-- Claro, ¿por qué no?

-- Cuando lo vean... ¡todos querrán uno! Podrías venderlos.

-- No, no, demasiado trabajo. Además, ellos también pueden hacerse collares. Bueno, ahora te toca a tí.

-- ¿Con las estrellitas?

-- Sí, ¡a ver si haces una pulsera!

Cortó otro trozo, más pequeño, de hilo; dejó varias estrellitas sobre la mesa, y le pasó el hilo a la niña, mientras se iba de nuevo hacia el cazo que estaba al fuego. Removió con una cuchara de madera, testigo de muchas sopas por su apariencia, desgastada y roma, más oscura por la parte que tocaba los líquidos, y con algunas marcas de haber estado demasiado cerca del fuego en alguna que otra ocasión.

La niña iba rápido, con ese pulso y habilidad que caracteriza a algunos niños; la pulsera estaba lista en un momento.

-- ¿Me la atas? ¿Me la atas? Yo sola no puedo...

Tenía el conjunto completo: collar y pulsera. Aquella tarde fue la envidia de toda la clase; al día siguiente esperaba encontrar a todo el mundo llevando complementos similares, pero no fue así. No se atrevieron...