Amistades temporales

-- ¿Y no has vuelto a ver a Eloísa?

-- No.

-- ¿Ni la has llamado, ni nada?

-- No, no, nada, desde hace más de diez años.

-- Pero qué raro... Si íbais juntos a clase, quedábais para estudiar...

-- Mira, te lo diré claro: era todo conveniencia. A ella le convenía andar conmigo, y a mí me convenía que ella viniera conmigo.

-- ¿Quieres decir? Entonces... ¿érais amigos o qué?

-- La amistad está hipervalorada. Como el sexo, entronizado, endiosado... y manipulado.

-- No entiendo.

-- Pues que todo depende de a qué quieres llamar amistad. La sociedad te presenta este concepto trágico de la amistad como una cosa eterna, inquebrantable: que tenido una vez, dura siempre. Eso sí, a condición de que se satisfaga la terrible cláusula: ... si es verdadera amistad

-- Sigo sin pillar por dónde vas...

-- Que no existe la amistad eterna, ni la amistad verdadera.

-- ¿Eso crees?

-- Totalmente.

-- ¿Y no es posible que alguien tenga un amigo toda la vida?

-- Bueno, como poder ser, sí, es posible. Todo es posible en esta vida. Pero lo que pasa es que nos taladran con ese ideal del amigo perfecto, que nunca nos fallará, que estará siempre a nuestro lado como un perro fiel... y es una mentira. Cochina. Porque la gente cambia, y cambian a ritmos diferentes, y a menudo, en sentidos divergentes. Y contra eso, no hay ideal que valga. Ahora, que dos amigos sigan caminos paralelos en la vida puede hacer que sean amigos (ojo, entre comillas) durante mucho más tiempo. Quizá mientras los caminos sean paralelos. Pero todo es cuestión de interés. Y cuanto antes se aprende eso, más fácilmente se pasan los malos tragos que nos encontramos.

-- Entonces, según tú, Eloísa y tú érais amigos, pero ya no.

-- Amigos temporales, sí. Me niego a no matizar.

-- ¿Y no la echas de menos?

-- ¡En absoluto! Estaba deseando perderla de vista.

-- ¿Cómo es posible que fueras con ella?

-- Mira, así como la gente cambia por sí misma, a veces se ve obligada a adaptarse para pasar algunas etapas de la vida. Ir con Eloísa --o que ella viniera conmigo, ojo-- era el menor (o el mejor) de los males que sufrí en aquella época.

-- Era un tanto pija, ¿no?

-- Eso era lo de menos, aunque lo cierto es que no tenía un duro: lo que ella quería era ser pija. Pero lo más cansado de andar con ella y lo que más me asqueaba era su obsesión con emparejarse con un chico rico. Eso sí que era in-so-por-ta-ble.

-- ¿Cómo que emparejarse con...?

-- Pues imagina que estuviéramos en algún evento, y nos presentan a alguien. Su reacción inmediata sería examinarlo de pies a cabeza para evaluar su status económico. Cuantas más etiquetas de marcas le encontraba, mejor le caía.

-- ¿Y si no usaba ropa de marca, qué? ¿No le hablaba?

-- Si tenía otro tipo de poder, sí.

-- ¿Poder?

-- Influencia institucional, recursos monetarios... Y para que te hagas una idea, llevaba buscando marido desde los catorce años. Imagina cómo estaba de desquiciada cuando la conocí, cinco o seis años después.

-- ¿A los diecinueve años, y ya andaba buscando un marido?

-- Por supuesto. Era muy moderna de fachada, muy independiente --decía-- pero no concebía la vida como algo que se recorriera en solitario. ¿Por qué te crees que venía conmigo? Porque no quería estar sola en la facultad.

-- La verdad es que, con todo lo que me estás contando, no entiendo cómo la soportabas, si era tan pesada...

-- Bueno, ella tenía mi compañía, si quieres decirlo así, y yo me aprovechaba de sus conocimientos en las contadas áreas que me interesaban. Cuando ya no me hicieron falta, ni le hizo falta mi presencia, dejamos de vernos. Es como un abrigo. No te lo pones en verano: no hace falta. ¿Tan difícil es de entender?

-- Pero es que un abrigo no tiene sentimientos...

-- ¿Y qué? La gente a veces tampoco.